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Sócrates furioso
Sócrates furioso


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Sócrates es el mejor ejemplo de las tensiones entre el pensador y la ciudad, porque pensar no siempre conduce a que todo encaje, pues exige someterlo todo a la argumentación racional. De hecho, su enfoque nos ofrece una solución equivocada para esas tensiones, que sigue siendo popular en el discurso público de los intelectuales: el pensamiento conduce al bien y el bien siempre produce bien, mientras que el mal siempre produce mal. Es decir, Sócrates sostiene que el sometimiento a los principios siempre producirá efectos beneficiosos. Pero esas ideas fracasan al contacto con la política. Como señaló Maquiavelo, ni pensar conduce siempre al bien, ni en política basta la bondad. Quizá el remedio al mal deba aunar pensamiento y juicio político ciudadano. Porque la política, ligada como está ella misma al mal y a cosas poco atractivas, genera también ámbitos ciudadanos de libertad que permiten el florecimiento de una justicia ciertamente no vinculada a la certeza o la perfección, pero justicia al fin. La reflexión unida a esa política es la única alternativa al mal que los humanos conocemos: paz imperfecta, convivencia tentativa, justicia limitada, legitimidad temporal.

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